Jamás había oído mencionar las cataratas de Kaiteur. Presumía de haber viajado por todo Sudamérica y nunca había visto una foto, un comentario, una reseña de tal sitio. Cuando consideré la posibilidad de viajar a Guyana (sin duda el país más desconocido del continente) comencé a bucear por la red y a investigar los atractivos que ofrecía el país y me topé con un lugar que rápidamente captó mi atención: Kaiteur; el salto de agua más alto del mundo, más alto que Iguazú o el Niágara; un lugar rodeado de una profusa jungla tropical al que solo se puede acceder por aire (en rudimentarias avionetas) o por tierra después de cruzar la impenetrable selva amazónica durante cinco días. Por supuesto, desde el primer momento tuve claro cuál sería mi elección: quería alcanzar las cataratas por tierra; vadeando ríos, caminando por mitad de la jungla, durmiendo en campamentos en la selva, evitando mil peligros y subiendo finalmente una escarpada montaña para alcanzar las ansiadas cataratas. La aventura en estado puro.
Cuando expuse el plan a mis compañeros de viaje vacilaron un poco aduciendo las enfermedades tropicales tan comunes en las selvas de Guyana y otras penalidades que sufriríamos pero la empresa también les pareció fascinante y estuvieron de acuerdo en llevarla a cabo. No obstante, en la red no había ningún tipo de información, tan solo se mencionaba muy de pasada el lugar y algún osado viajero había dejado una breve reseña del mismo sin aportar grandes detalles.
Así que cuando alcanzamos Georgetown, nada más despertar, nos dirigimos a la Oficina de las Reservas Naturales del país (en un vetusto edificio del centro) y recibimos pronto la primera hostia en la cara: la expedición por tierra a Kaiteur estaba prohibida, como responsables de las Reservas de Guayana no nos autorizaban a emprender un viaje que consideraban peligroso y no podian prestarnos la menor protección. Años atrás el Gobierno guyanés abrió una especie de Lodge pero hoy en día estaba en desuso y no había ningún lugar por el camino donde pudiéramos pernoctar o contar con algún tipo de alimento o auxilio en el caso de sufrir cualquier tipo de percance: una mordedura de una de las numerosas especies de serpientes venenosas de la zona, un accidente, una caída, un asalto, un desbordamiento de un río, un ataque de algún animal salvaje.... El responsable de la Oficina, un elegante y educado hombre de raza negra, escuchó nuestros lamentos y cuando le dijimos que nuestra motivación para visitar Guyana era aventurarnos en la selva para alcanzar las cataratas; reflexionó por un momento, nos miró y nos dijo: "Existe una pequeña posibilidad para que podáis ir, aunque siempre bajo vuestra responsabilidad, sin que el Gobierno guyanés os preste ningún tipo de ayuda en el caso de que ocurra algo. Escribid una carta al Comissioner (especie de Ministro de Turismo) y yo me comprometo a que os conteste en un par de días"
Abandonamos aquellas oficinas un tanto desanimados pero nos pusimos manos a la obra y en un bar, con tres cervezas en la mano, redactamos la carta y se la enviamos al referido Comissioner. Después caminamos bajo un sol y una humedad de justicia y preguntamos en un par de agencias de viaje (al parecer las únicas del país) la posibilidad de volar en avioneta hasta las cataratas si finalmente no recibíamos la autorización.
Segunda hostia: hasta el sábado (era lunes) no partía ningún vuelo y además el precio era de 350 dólares americanos. Una simpática señora de una de estas agencias (ser simpático es una cosa muy poco común en cualquier tipo de trabajo en Guyana) nos comentó de pasada la posibilidad de hacer la ruta por tierra.-aunque es very very dangerous, nos advirtió .- y nos cedió el teléfono de una persona que alguna vez había llevado a cabo semejante travesía. Rápidamente contactamos con él, un tal Frank, y recibimos su pronta respuesta: La travesía por tierra era posible, aunque peligrosa, y podríamos comenzarla en un par de días cuando dispusiera de la logística necesaria para afrontar la expedición. Al principio solicitó un precio bastante alto para afrontar la ruta pero tras las discusiones y regateos de rigor el precio prefijado nos pareció muy razonable.
Así entonces, tras aguardar casi dos días más en Georgetown, un miércoles de amanecida, Mr. Frank (un orondo mestizo de unos sesenta años) nos recogió en su Pick Up Toyota y comenzamos un viaje que se antojaba apasionante.
En la furgoneta llevábamos provisiones, hamacas (íbamos a dormir cuatro noches en la jungla de esta guisa), bidones de gasolina, utensilios de cocinar, machetes y otras pertenencias ocultas en bolsas negras. Frank nos adelantó el día anterior que él se limitaria a llevarnos en su vehículo hasta la lejana población minera de Mahdia y desde allí, por el río, continuaríamos la expedición con dos guías indígenas (amerindios como por aquí se les denomina)
El trayecto hasta Mahdia fue largo y bastante más duro de lo esperado. Salimos a las siete de la mañana y no llegamos hasta la extraña población minera hasta las cinco de la tarde. El asfalto nos acompañó durante los primeros cien kms, hasta Linden, una ciudad de casas de madera situada en la orilla del río Demerara; y pasada esta ciudad comenzó una infernal pista de tierra que se internaba en una selva cada vez más profusa e impenetrable.
Hicimos algún alto en el camino para comer algo; sufrimos varios controles policiales sin incidentes y en un viejo pontón (una especie de barco balsa) cruzamos con la furgoneta el gigantesco río Esequibo (nombrado así por su descubridor, el español Juan Esquivel), el tercer río más grande de toda América y al atardecer, por fin alcanzamos la ciudad de Mahdia.
Frank nos dijo q se trataba de una ciudad peligrosa, habitada por mineros que viven tal cual lo hicieron en el siglo XIX. Al reclamo de riquezas y peligros, manteniendo como base tal población, se internaban en la jungla en busca de oro y diamantes. Al abrigo del oro de los mineros acudían putas de Venezuela, merchantes chinos, buscavidas y otros personajes de mal vivir.
Después de cruzar la extraña ciudad, parecía sacada de una película de la Fiebre del Oro del Lejano Oeste, nos internamos por un sinuoso sendero y detuvimos el coche en el mísero poblado indígena donde vivían nuestros guías, sus familiares y otras personas de su tribu. Todos los niños acudieron en tropel a observar a tres extranjeros y la amplia familia de George y David nos acogió amigablemente y compartimos un buen rato con ellos.
En el poblado de nuestros guías
Tras las despedidas de rigor, de nuevo en la furgoneta, fuimos botando por una pista terrible hasta que llegamos a la ribera del río Potaro. Allí nos despedimos de Frank, trasvasamos toda nuestra impedimenta, provisiones y utensilios del viaje a un estrecho bote que flotaba en el río y al poco ya surcábamos las aguas de esta corriente de agua que conforma la cuenca de la inmensa Amazonia.
Entonces comenzamos a disfrutar plenamente del viaje. Íbamos a bordo de un pequeño bote a motor, surcando un majestuoso río amazónico, rodeados de una lujuriosa vegetación tropical que se cernía desde ambas riberas del río sin apenas dejar pasa la luz del sol. Al dejar atrás la ciudad de Mahdia nos internábamos en una densa jungla deshabitada en centenares de kilómetros a la redonda. Tan solo alguna partida de solitarios mineros en busca de diamantes se dispersaba por el interior de estas selvas vírgenes; la jungla más prístina e impenetrable del mundo. Aquí la deforestación que sufre toda la Amazonia está aún muy lejos de ser una realidad. La masa forestal de Guyana es el bosque tropical más puro del planeta. Pero los hallazgos de una reserva gigantesca de petróleo en el país pueden cambiar muy pronto la fisionomía de Guyana y estas junglas vírgenes sufrirán la suerte de las selvas de Brasil, Perú o Ecuador. Y además este lugar concreto del pais, tan rico en betas auríferas, diamantes y petróleo, es codiciado por Venezuela que lo reclama como propio y el conflicto bélico amenaza la zona desde hace unos meses. Pudimos comprobar los controles militares y el refuerzo de soldados en los lindes de la selva. Nos internábamos cada vez más en una región casi inexplorada y además en el punto de mira del ejercito venezolano.
Estos carteles se podían observar en cualquier lugar de GuyanaLa travesía en bote, aguas arriba del río Potaro, duró más de dos horas pero apenas percibimos el paso del tiempo por todo lo que sentíamos. Navegar por un río amazónico, y no es la primera vez que lo hago, es una de las experiencias más fascinantes que recuerdo de todos mis viajes.
Casi de anochecida nuestros guías indígenas detuvieron la barca en una isla del río que se conocía como Amatuk, descargamos todo el equipaje y nos aprestamos a montar un improvisado campamento para pasar la noche.
Tuvimos tiempo de explorar la pequeña isla fluvial y a un costado nos encontramos con unos increíbles rápidos y cascadas que rompían contra el tranquilo cauce del río Potaro. Le pregunté entonces al bueno de George cómo habríamos de vadear el río y me respondió que tendríamos que cargar el bote a los hombros, encontrar una pista en la selva y salvar los rápidos por tierra.
Así transcurrió aquel primer día. Estábamos agotados pero las emociones de la jornada, los cientos de insectos que pululaban en torno a nuestras cabezas, la amenaza de arañas o serpientes, los ruidos de la selva y el hecho de dormir en una hamaca en plena jungla (además de la tormenta); provocó que durmiéramos bien poco y con las primeras luces del alba ya estábamos en pie. Es ciertamente complicado mantener el sueño en una hamaca si uno no está muy acostumbrado a dormir en tal lecho. Para una siesta, con el balanceo, puede ser ideal pero pasar toda la noche en una hamaca en mitad de una isla en plena selva amazónica puede ser una experiencia un tanto desagradable.
Con las primeras luces del alba los guias prepararon un frugal desayuno (café soluble y pan) y despues nos echamos la pesada barca a los hombros y subimos una empinada pendiente para vadear por tierra los rápidos del río que impedían la travesía fluvial. George tenía un acceso fuerte de malaria y apenas tenía fuerzas para mantenerse en pie así que los demás tuvimos que arrastrar el bote hasta que encontramos un paso que nos condujo al otro lado del río. Acabamos extenuados. Le cedí al guía una de mis tabletas de pastillas anti malaria (también útiles en caso de contraer la enfermedad) y con el transcurrir de las horas se encontró mucho mejor.

Proseguimos después la ruta fluvial durante un par de horas hasta un punto que llamaban Wamatuk donde unos nuevos rápidos impedieron el paso de la barca. En esta ocasión acarreamos por tierra todos los bultos que transportaba el bote y los guías, libres de peso, arriesgando sus vidas pudieron vadear los rápidos con extrema habilidad mientras nosotros aguardábamos al otro lado del río.
De este modo pudimos continuar la travesía por el rio Potaro hasta que al atardecer alcanzamos el campamento de Tukeit, en la ladera de una montaña cubierta por una maraña impenetrable de vegetación tropical.
El lugar nos pareció magnífico para acampar. A nuestra espalda el río Potaro corría tranquilo entre imponentes montañas que dejaban espacio a una idílica playa fluvial perfecta para el baño. Frente a nosotros se elevaba amenazadora la montaña que se conoce como "Oh my God", el pico que hay que ascender para alcanzar las ansiadas cataratas. Justo en ese punto, en Tukeit, dejábamos el bote y habríamos de comenzar la dura ascensión a lo alto de aquella siniestra montaña.
Papagayos, tucanes, zopilotes, garzas y otras decenas de pájaros tropicales volaban en torno al campeonato graznando ruidosamente a su paso. Un ejercito de monos araña aullaba en la lejanía y una jauría de insectos pululaba por todos los rincones de nuestro improvisado alojamiento.
Poco después de colgar las hamacas y ordenar un poco el campamento bajamos a la magnífica playa donde amarramos la barca y disfrutamos de un espectacular baño entre montañas cubiertas de selva. Los guías nos dijeron que las aguas no eran "demasiado" peligrosas para bañarse pero cuando uno pensaba en los caimanes, en las anacondas o en las pirañas que podían nadar bajo aquellas aguas turbias el baño no resultaba tan placentero a pesar del intenso calor y la humedad que flotaba en el ambiente que provocaba que sudáramos copiosamente.
¿Habría caimanes, anacondas o pirañas debajo?
Poco antes de la cena, casi de anochecida, David nos condujo a golpe de machete por la jungla que rodeaba al campamento y nos describió con su particular inglés las cualidades de las diferentes plantas que hallamos por el camino y nos mostró el rudimentario modo que emplean los mineros guayaneses para buscar oro y diamantes en estos peligrosos rios. Y así de tal manera, tras un día cargado de emociones, acabó nuestra segunda jornada en la selva, tumbados en la hamaca y aguardando casi en vela la dura caminata que nos esperaba para el día siguiente.
Levantamos el campamento al amanecer, cargamos las mochilas al hombro y nos dispusimos a enfilar el sendero que serpentea (y nunca mejor dicho) hasta lo alto de la montaña. Los guías nos habían advertido con insistencia del gran peligro de aquel camino: las serpientes. Es una zona húmeda, muy escarpada, con numerosas cavidades en la roca, muy frecuentada por anfibios, roedores y otros animales de tamaño medio y por tanto convierten a esa montaña en el hábitat ideal de estos reptiles. Y la mayor parte de ellos son muy venenosos. No debíamos separarnos del sendero, todos caminaríamos en fila india, atentos a donde pisábamos, en silencio y preparados para reaccionar en caso de toparnos con una serpiente.

George abría el camino con su enorme machete y David lo cerraba con otro de similar tamaño. Ellos tenían experiencia, podrían atisbar cualquier indicio de una serpiente y la pasarían a machete antes de que pudiera atacarnos. Pero la realidad era bien distinta. El sendero apenas se advertía y miles de hojas húmedas cubrían sus perfiles. La maleza y la vegetación crecía desordenada y en muchos tramos tapaba el sinuoso camino obligando al guía a usar su machete para que pudiéramos pasar. Nos habían recordado que muchas serpientes se esconden y camuflan entre las hojas y resultaba muy difícil advertir su presencia. Y cuando caminábamos penosamente por aquellos parajes una frondosa capa de hojas cubría todo el sendero por el que transitábamos. Asi que los primeros momentos de la ascensión se me antojaron tales como cruzar un campo de minas. Caminábamos casi conteniendo la respiración, temerosos de que al siguiente paso nos topáramos con una enfurecida serpiente que al pisarla nos atacaria inmisericordemente. Y ¿quién nos sacaría de allí? Estábamos a muchas horas de cualquier lugar civilizado (si es que Mahdia lo era) y un antídoto contra una mordedura sería una quimera; no tendríamos tiempo de llegar vivos. Pero no teníamos más opción que confiar en nuestros guías, apretar los dientes y subir montaña arriba sin pensar en lo que se ocultaba en la espesura.
La selva nos cubría por todos lados; una maraña verde de árboles, lianas, plantas, hojas, rocas cubiertas de musgo, arroyos y saltos d; se sucedían a nuestro paso. El camino se tornaba cada vez más duro, más empinado, y empleamos casi tres horas en alcanzar la ansiada cima de la montaña. Llegamos extenuados pero sanos y salvos, sin toparnos con ninguna serpiente que pusiera en peligro nuestras vidas.

La cima de la montaña es una amplia meseta de vegetacion rala y pudimos andar por un sendero claramente marcado hasta que giramos por un recodo del camino, subimos a una pequeña plataforma rocosa y repentinamente contemplamos uno de los espectáculos más increíbles del mundo; uno de los paisajes más fascinantes que he tenido la oportunidad de admirar en todos mis viajes.
No se en qué orden de "fascinación" lo situaría pero sin duda estaría en el Top 3 de todas las maravillas naturales de estos 128 países que he tenido la oportunidad de visitar. La vista realmente emocionaba. Nos abrazamos todos y desde aquel mirador disfrutamos de un momento increíble. Toda aquella aventura por la selva había merecido la pena. El lugar era majestuoso: un enorme torrente de agua caía trescientos metros sobre una laguna que se fundía con un arco iris casi permanente. El río Potaro proseguía su curso, serpenteando entre montañas cubiertas de frondosa vegetación que conformaban un imponente cañón que terminaba en las cataratas. Y desde allá arriba contemplábamos todo aquel espectáculo ; recorriendo la meseta y asomándonos a cada mirador natural para observar las cascadas desde diferentes puntos de vista, casi al borde del salto o desde la lejanía.
Y todo aquello para nosotros solos, no había un solo ser humano en todo el paraje, nosotros eramos los dueños absolutos. En cualquier otro país del mundo, una maravilla natural semejante tendría miles de visitantes diarios y habría colas en cada mirador para tomarse las fotos de rigor, pero estábamos en Guyana, en la Amazonia, llegar hasta allí era todo un reto y en los dos días que permanecimos en las cascadas no acudió ni un solo visitante. Se puede acceder en avioneta desde Georgetown pero los vuelos únicamente estaban programados para los fines de semana y por tanto éramos los únicos viajeros en cientos de kilómetros a la redonda.
Cercano a las cataratas había un pequeño destacamento militar (nos hallábamos cerca de la frontera de Venezuela y la amenaza de la invasión se tomaba muy real) y próximo a éste, el gobierno guyanés construyó una especie de campamento para los dos guardas forestales que custodiaban las cataratas. Nuestros guías amerindios conocían a estos guardas y permitieron que nos quedásemos allí a pasar la noche, protegidos por unas finas paredes de madera y un techo de hojalata, a salvo de los peligros de la selva.
Al día siguiente volvimos a las cataratas y recorrimos con parsimonia la pared vertical desde donde las contemplábamos. Nos detuvimos en cada recoveco, en cada nueva perspectiva y pudimos hacer cientos de videos y fotos que nos habrían de recordar nuestro paso por Kaiteur.
Al regresar al campamento los guías nos propusieron una nueva expedición. Caminamos por la jungla durante una hora, descendiendo por la cima de la montaña por una sinuosa senda y alcanzamos un extraño poblado en medio de la nada. Mensey Landing, así se llamaba. Se trataba de un conjunto de chozas y viejas casas de madera desperdigadas por un claro en la selva que eran el hogar de un asentimiento de mineros rastafaris. Los guías nos aseguraron que la comunidad solo acogía a rastafaris y que todos ellos buscaban oro y diamantes en lo más profundo de la jungla. Pudimos saludar a a un miembro de la comunidad, el único ser humano que advertimos, que para honrar bien sus costumbres permanecía tumbado en una hamaca en el porche de su casa fumando un enorme porro de marihuana.
En el extraño pueblo de los mineros rastafaris
Y así transcurrieron nuestros dos días en lo alto de la montaña Oh my God, el mirador perfecto de las cataratas Kaiteur. Recogimos nuestras cosas, nos echamos la mochila al hombro y muy de mañana iniciamos el penoso descenso al campamento de Tukeit. Nos aguardaba un largo viaje de regreso a Georgetown; teníamos que regresar sobre nuestros pasos y cubrir la misma travesía que empleamos para llegar hasta las cataratas.
Antes de partir los guías nos condujeron hasta unos arbustos y nos mostraron como en algunas hojas alargadas de los mismos habitaba la pequeña rana amarilla; un anfibio minúsculo, de apenas dos centímetros, cuya piel alberga uno de los venenos más potentes del mundo. Los indígenas elaboran el curare de sus cerbatanas con el veneno de esta ranita que parece tan inofensiva. Solo es visible a primeras horas de la mañana, cuando el rocío impregna de humedad las plantas donde vive.
La venenosa y minúscula rana amarillaPedro tuvo un impulso para ver más de estas ranas, se separó del sendero que seguíamos y que ya se internaba en la selva y se acercó hacia una de estas plantas donde se cobijan. No se porque pero desvié mi mirada hacia el suelo por donde transitaba Pedro y advertí una figura alargada y marrón que en un principio se me antojó un palo. Atisbé como si fuera a cámara lenta como Pedro rozaba con su bota este palo y entonces intuí que no se trataba de un palo, sino de una serpiente. Sin demasiada alarma advertí al grupo que teníamos una serpiente a nuestra derecha (estaba tan rígida que me pareció muerta), Pedro reculó con cuidado hacia atrás y los guías al ver el reptil enmudecieron. Es una lavaría, exclamaron sobresaltados, la serpiente más mortífera del Amazonas, extremadamente agresiva y con un veneno neurotóxico que a los cinco minutos actúa en el cuerpo y provoca una muerte dolorosa de no contar con el antídoto adecuado. Y no estaba muerta, estaba viva y presta para atacar, levantado la cabeza de modo amenazante. Pedro se había librado por milimetros de una muerte segura. Tuvo la inmensa suerte de que no le atacara cuando la rozó con su pie y después estuvo unos segundos a escasos centímetros del ofideo, hasta que pudimos vislumbrar su presencia y advertirle del peligro. Casi no la cuenta.
Los guías parecían conmocionados, sin apenas articular palabra. La serpiente nos observó con tranquilidad y con tremenda agilidad, antes de que pudieran machetearla se escurrió rápidamente por el suelo y se ocultó en la espesura de la selva.
Antes tuvimos tiempo de hacer alguna foto y un vídeo del reptil y varias personas después nos confirmaron que era un ejemplar adulto (mediría como un metro y medio) de Labaria, como se conoce en Guyana. En otros países de la cuenca amazónica como Ecuador se la llama Equis, en Venezuela Mapanare o en Brasil Punta de lanza. La serpiente más mortífera de todo América. Escapamos por un pelo.
Foto que tomamos antes de que huyeseEl descenso de la montaña, como se puede imaginar, fue una pesadilla. La amenaza de las serpientes era muy real como habíamos podido comprobar y si aquella apareció a un costado del sendero, en una zona libre de vegetación, otras muchas podrían estar agazapadas en cualquier lugar y serían casi imposible de detectar. Los guías caminaban con cautela con el machete alzado y nosotros les seguíamos en silencio, observando por donde pisábamos. La bajada fue mucho peor. Había llovido un poco, las rocas del camino tenían musgo fresco y resbalaban bastante más que durante la subida. Nos caímos en alguna ocasión y estuvimos a punto de rompernos la crisma en muchas otras pero finalmente, sin más percances, alcanzamos el campamento de Tukeit, al pie de la montaña y el río Potaro. Allí mismo hicimos una parada para comer algo y tuvimos tiempo de regresar a la magnífica playa de arena blanca y disfrutar de un baño reparador.
El peligroso descenso
Sin tiempo que perder, nos embarcamos en el bote que había quedado allí varado y descendimos mucho más rápido, río abajo, hasta que con las primeras sombras de la noche, tras varias horas de navegación, alcanzamos la isla de Amatuk.
Una vez más montamos el campamento y pasamos la noche balanceandonos en las hamacas en aquella bonita isla fluvial; en el habitual duermevela que se sufre en la hamaca para los que no estamos acostumbrados.
A las cuatro y media de la mañana recogimos el campamento y saltamos al bote para reiniciar la travesía,pero de repente George gritó alarmado que en el pequeño islote que había frente Amatuk había un jaguar acechando una presa. David arrancó precipitadamente el motor de la barca y partimos a la carrera del lugar temiendo que la presa que acechara fuera alguno de nosotros. Es muy raro que por aquí aparezca un jaguar; exclamaban los guías; y es muy peligroso.
Avanzamos en penumbras por el río Potaro, guiándonos por el debil haz de luz de la linterna de George. No veíamos mas allá de la luz que proyectaba la linterna pero fue una experiencia fascinante deslizarse en bote, de noche, por un río amazónico.
Poco a poco las sombras de la noche dejaron paso a una reluciente y soleada mañana y con el sol bien alto llegamos al punto donde comenzaba la pista de tierra que comunicaba la selva infinita con la civilización. Dos chozas de madera ajada presidían el lugar, Pamela's Landing como así figuraba en los mapas, y varios perros famélicos acudieron hacia nosotros por si podíamos obsequiarlos con cualquier vianda. Pero los pobres no sabían que nos habíamos quedado sin provisiones y llevamos sin comer casi un día entero.
Al poco vimos como bajaba a trompicones el Toyota de Frank; contentos le estrechamos la mano, le narramos nuestras aventuras en la jungla y todos subimos a bordo del auto para enfilar el camino a Mahdia. Allí nos despedimos de nuestros hieráticos guías y su familia. Les regalé un altavoz barato que tenía desde hace años y que cuando lo puse en funcionamiento por primera vez, allá en el interior de la selva, les fascinó y de vez en cuando me lo pedían mientras cocinaban. Les enseñe a usarlo y juraría que gozaban como niños oyendo las tonadillas que emitia el aparato. Pensé que sería un regalo estupendo para ellos pero cuando se lo cedí no mostraron ningún tipo de emoción y lo tomaron con un lacónico "thank you". Frank, cuando escuchó esta historia, nos dijo que los amerindios rara vez muestran sus sentimientos, son extremadamente tímidos y discretos y estaba plenamente seguro de que habrían apreciado enormemente el regalo aunque no lo hubieran expresado con sus gestos. Gente extraña estos indígenas amazónicos, quizás acostumbrados a sufrir, a siglos de maltrato y vejaciones que han labrado su personalidad hasta convertirlos en seres retraídos, callados, impertérritos y con un punto de desazón y pesimismo en su mirada.
La despedida en el poblado amerindioEl viaje de vuelta a Georgetown fue tan largo y pesado como el de ida. Lo pasamos comentado anécdotas de la expedición por la jungla, recordando la suerte que tuvo Pedro en su encuentro con la serpiente y parando cada pocas horas para estirar las piernas y beber algo fresco.
Sin nada peculiar que narrar, al atardecer, cruzábamos las calles de Georgetown, que después de casi una semana en la jungla se nos antojo como la capital del mundo, repleta de progreso y modernidad (cuando lo cierto que días atrás se no figuró como una ciudad caótica, deslavazada, atrasada, sucia y peligrosa) y tras las sentidas despedidas de rigor, Frank nos dejó a la puerta de los apartamentos Emerad, en el centro de la ciudad. En esta comunidad de cubanos exiliados nos alojamos varios días y pronto hicimos amistad con el dueño y otros curiosos inquilinos. Pero eso ya es otra historia chico.
Y de este modo acabó nuestra pequeña gran aventura, nuestra expedición a lo más profundo de las selvas de Guyana en busca de las cataratas Kaiteur.
DATOS PRÁCTICOS:
La expedición puede llevarse a cabo desde Georgetown, la capital del país, con la ayuda de Frank, Rainforest Adventures Guyana, o bien de modo más o menos independiente desplazándose en transporte público hasta Mahdia. Hay que tener en cuenta que el trayecto en furgoneta hasta esta ciudad cuesta unos 60€. Las furgonetas (la número 73) salen temprano desde el mercado central de Georgetown y el viaje puede alcanzar las diez horas. En Mahdia es factible contratar los servicios de algún guía amerindio (que organice toda la logística de la expedición). Se precisa un todoterreno para alcanzar Pamela´s Landing (el lugar desde donde comenzará la travesía por bote y que se halla a casi una hora de camino de Mahdia), una barca a motor para remontar el rio Potaro, hamacas, comida, agua, etc.... Desde Mahdia, según nos aseguraron nuestros guías, el coste de la aventura podría establecerse en unos 200.000 dólares guyaneses si la expedición la conforman entre dos y cuatro personas. Estamos hablando de casi mil euros por cuatro días de viaje. Quizás algo se podría regatear pero a mi entender el presupuesto es ajustado y no supone mucho margen de beneficio a los guias. Si andas muy mal de fondos y estás un poco loco, es posible lllevar a cabo la travesía de modo más libre y puede que ahorres algo de dinero aunque no demasiado. Y ten en cuenta que debes ser autosuficiente totalmente y traer comida, agua, machetes, hamaca... Desde Tukeit, el último campamento, se tiene que ascender la montaña Oh my God, los senderos no están marcados y a veces se diluyen en la jungla, hay bifuraciones donde es probable perder el camino, la maleza impide la marcha y hay que usar el machete para abrirse paso. Si no acabas perdido en mitad de la selva, existe el peligro de las numerosas serpientes venenosas que habitan la montaña. Y que son una amenaza muy real como tuvimos la oportunidad de comprobar. Así que aquellos aventureros kamikaces deben tener muy en cuenta todas estas peculiaridades para afrontar la ruta de un modo u otro. También hay que considerar que bien yendo solo con con guía es necesario contar con un buen repelente de mosquitos (goibi o relec), ropa y calzado adecuado (lo ideal son unas botas tipo catiuscas para evitar que las serpientes alcancen la piel en caso de ataque), prendas de abrigo para las noches al raso , una hamaca en condiciones y algún snack para matar el hambre. Las comidas que se hacen en la selva son muy básicas (los indígenas comen de modo frugal) y a veces uno se queda con hambre. Comimos arroz, huevos, pan, spaguettis y lo que pudieron pescar que fue bien poco.
Por último, vamos a recapitular un poco y destacar las diferentes opciones de la expedición:
Desde Georgetown. Frank, Rainforest Adventures Guyana, +5926243298. (Entre 500€ y 900€ por persona dependiendo de tus habilidades negociadoras y el número de expedicionarios)
Desde Mahdia. George & David (guías amerindios de la tribu patamona. +5927034803 +5926665095. (Para un grupo de entre 2 y 4 personas unos 1000€). A eso debes sumarle el viaje en furgoneta desde Georgetown a Mahdia. 60€ por persona y trayecto (120€ ida y vuelta).
Si quieres hacerlo de modo totalmente independiente; sin guia ni ayuda extra, debes considerar que el trayecto Georgetown-Mahdia son 60€, el jeep Mahdia-Pamela's Landing 50€ (como poco) y el bote hasta los rápidos de Amatuk, los rápidos de Watatuk y el campamento de Tukeit (ir y volver) podría ascender hasta un mínimo de 600€. Y no exagero. No solo se trata del precio de la gasolina, que por aqui no es nada barata aunque Guyana sea un país productor; si no por la travesía en si; el coste de superar los rápidos (los mineros pedían hasta 100 dólares americanos si te ayudaban a vadearlos); la espera una vez alcances las cataratas, etc... Es decir, el ahorro no es muy perceptible y el peligro se multiplica.
También cabe la posibilidad, aunque aumenta el coste, que la ida la hagas por tierra y la vuelta en avioneta desde lo alto de las cascadas. Calcula que el vuelo rondará los 150 US dolares. Y todos los vuelos suelen partir y volver solo los fines de semana. Si te quieres ahorrar días de viaje, peligros y experiencias; la opción más común es dirigirse a una agencia de viajes en Georgetown y comprar el paquete completo en avioneta (Ida y vuelta en torno a los 300€). Una hora de vuelo a la ida, otra hora de vuelo a la vuelta y unas dos o tres horas en las cataratas.





























































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